sábado, 19 de noviembre de 2011

Memorias de África

No hace mucho que leí un libro que ha despertado en mí una extraña sensibilidad por todo lo que concierne a África. Es un libro especial porque es simbiosis de una doble pasión: la pasión por un continente exótico y la pasión por narrar. Se titula “Lejos de África”, aunque sea más bien universalmente conocido por “Memorias de África”, la película que tomó como base la biografía de una mujer singular.

sábado, 15 de octubre de 2011

Nada podía irnos peor

Tierra, sol y luna. Esta es la constelación a la que nos sentimos ligados desde hace millones de años. Nada ha cambiado desde entonces. Seguimos contemplando los tres astros de la misma manera que lo hicieron nuestros antepasados en el albor de los tiempos. Ellos también se quedaron prendados de los atardeceres y de las noches de luna llena, estableciendo un vínculo directo y emocional con ellos que hacía que los consideraran como elementos mágicos. Tradujeron su magia intentando buscar ligazones que dieran comprensión a la vida y a su existencia. Encontraron “simpatías” entre elementos (luna, mes, mujer) que daban explicaciones a los ciclos que percibían en la naturaleza y en ellos mismos. Todo el debate estaba circunscrito a los límites que la física marcaba al humano. Nada había más allá… hasta que nuestro cerebro fue segregando la metafísica.

martes, 27 de septiembre de 2011

Alba que nunca muere

“Te voy a llevar a ver tu primera revolución”. “Y eso… ¿qué es?” “Pues como un cambio, pero a lo bestia”. “¿Cómo la galerna del otro día en la playa?” “¡Exacto!”

El viajero que sabe perderse

Viajar ya no es lo mismo. El ritmo de vida que llevamos hace que queramos someter nuestras experiencias a los designios de la moda y a los caprichos de este mundo prosaico que nos está tocando vivir. Y algunos conceptos, como es el caso del “viajar”, sufren y se adecuan a nuestras excentricidades. 

martes, 28 de junio de 2011

Joanna de Uterga, 1547

Su padre no había pronunciado ni una palabra durante todo el viaje, pero Joanna leía el gesto de preocupación en aquel rostro que asomaba entre el gorro de grana y la sobrepelliz. Habían partido de par de mañana para llegar a Pamplona a la hora del juicio, municionados con el pan, la chacina y la correspondiente posta de sardinas arenques en salazón que su padre canjeaba por vino a un mercader guipuzcoano. 

lunes, 13 de junio de 2011

La vida es sueño

La realidad de nuestros sueños, aunque sólo sea fantaseada, la vivimos con una fogosidad tal que muchas veces, al ver como se pulveriza de golpe por la dolorosa llamada de nuestro despertador, nos deja desconcertados y confusos. Despertar a deshora en mitad de un profundo sueño es penoso. Pero si además te encuentras sobre la arena dorada, frente a un mar infinito y a la sombra de una sombrilla de palmas, entonces el día se te puede hacer tan insoportable como se le haría a un condenado que sufre mazmorra y tortura. Esa puñetera manía que tenemos de soñar que somos libres y que no estamos atados a nuestra cotidianidad hace que nuestros despertares sean a veces tremendamente aciagos. A menudo nos tenemos que enfrentar al hecho de encontrarnos despiertos en cuerpo pero no en alma, porque nuestra cabeza se ha quedado a medio camino en alguna isla del océano. Y, hasta que consigues despoblar tu cabeza de aquellos sueños, pululas con una especie de descompensación horaria como si te hubieras quedado en otro huso y llegaras con un par de horas de retraso a todo. Arrastras el jet lag durante todo el día con la esperanza de que al día siguiente, si tienes suerte, todo vuelva a su normalidad.
Son días en los que casi es mejor hermetizarse. Nada ajusta. Te levantas y ni siquiera te viene la gatica a restregarse en la tobillera. Y, antes de salir del piso, echas una mirada por la mirilla para no toparte en el rellano con ningún vecino que quiera anunciarte su predicción meteorológica. No lo soportarías.
Pero en cambio, otros días, sin ni siquiera saber lo que has soñado, parece como si fueras a comerte el mundo. Sientes todas tus chakras interiores tan conectadas con el entorno que parece que fueras a remolque de alguna extraña energía, como cuando de joven te ponías en la playa de espaldas al mar esperando a que alguna ola te arrastrara y llevara en volandas. La conexión es total. Percibes tu sintonía con el resto del mundo, tienes la sensación de estar soñando despierto y te sientes seguro de que ni la predicción meteorológica más catastrofista vaya a alterar tu estado de ánimo. Es más, sólo te lo reafirmaría. Y no sabes por qué.
Quizá la mejor manera de explicarlo sea trascribiendo un hermoso cuento de Giovanni Papini, un escritor italiano correligionario de Mussolini y pasado de rosca pero con una sensibilidad especial para los cuentos. Se titula “El reloj parado a las siete” y lo he extraído de un libro de Jorge Bucay.
"En una de las paredes de mi cuarto hay colgado un hermoso reloj antiguo que ya no funciona. Sus manecillas, detenidas desde casi siempre, señalan imperturbables la misma hora: las siete en punto.
Casi siempre, el reloj es sólo un inútil adorno sobre una blanquecina y vacía pared. Sin embargo, hay dos momentos en el día, dos fugaces instantes, en que el viejo reloj parece resurgir de sus cenizas como un ave fénix.
Cuando todos los relojes de la ciudad, en sus enloquecidos andares, y los cucús y los gongs de las máquinas hacen sonar siete veces su repetido canto, el viejo reloj de mi habitación parece cobrar vida. Dos veces al día, por la mañana y por la noche, el reloj se siente en completa armonía con el resto del mundo.
Si alguien mirara el reloj solamente en esos dos momentos, diría que funciona a la perfección... Pero, pasado ese instante, cuando los demás relojes callan su canto y las manecillas continúan su monótono camino, mi viejo reloj pierde su paso y permanece fiel a aquella hora que una vez detuvo su andar.
Y yo amo ese reloj. Y cuanto más hablo de él, más lo amo, porque cada vez siento que me parezco más a él.
También yo estoy detenido en un tiempo. También yo me siento clavado e inmóvil. También yo soy, de alguna manera, un adorno inútil en una pared vacía.
Pero disfruto también de fugaces momentos en que, misteriosamente, llega mi hora.
Durante ese tiempo siento que estoy vivo. Todo está claro y el mundo se vuelve maravilloso. Puedo crear, soñar, volar, decir y sentir más cosas en esos instantes que en todo el resto del tiempo. Estas conjunciones armónicas se dan y se repiten una y otra vez, como una secuencia inexorable.
La primera vez que lo sentí, traté de aferrarme a ese instante creyendo que podría hacerlo durar para siempre. Pero no fue así. Como mi amigo el reloj, también se me escapa el tiempo de los demás.
Pasados esos momentos, los demás relojes, que anidan en otros hombres, continúan su giro, y yo vuelvo a mi rutinaria muerte estática, a mi trabajo, a mis charlas de café, a mi aburrido andar, que acostumbro a llamar vida.
Pero sé que la vida es otra cosa.
Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo.
Casi todo el mundo, pobre iluso, cree que vive.
Solo hay momentos de plenitud, y aquellos que no lo sepan e insistan en querer vivir para siempre, quedarán condenados al mundo del gris y repetitivo andar de la cotidianidad.
Por eso te amo reloj. Porque somos la misma cosa tú y yo."

miércoles, 18 de mayo de 2011

El escritor de la escafandra

Quién no tiene grabado en la retina un bisonte de las cuevas de Altamira. Quizá sea ésta una de las imágenes más representativas de la humanidad… junto con otras muchas ya convertidas en iconos como puedan ser el perfil de Nefertiti o la huella de Armstrong sobre la playa lunar. Son hitos que han marcado la evolución del ser humano en este templado planeta.
Pero ¿cómo hizo aquel ser de manos prodigiosas para plasmar con semejante gracia, en la penumbra de una cueva, a un bisonte que ni siquiera tenía delante? ¿Cuántos animales necesitó esbozar antes para perfeccionar su técnica? ¿Cómo es que no está la cueva plagada de intentos fallidos hasta que dio con el prototipo? ¿Se encontrarán algún día? ¿O quizás borraba los que no le gustaban? Si pudiéramos rebuscar en su papelera tendríamos una de las claves de nuestro pasado que tanto buscamos: ¿qué se le pasaba a aquel humano por la cabeza para andar perdiendo el tiempo en pintarrajear las paredes en vez de dedicarse a otras labores más provechosas como, por ejemplo, afilar sus puntas de sílex?
En la angostura de aquella cueva se estaba sellando la transformación de un ser que no dejaba de ser belfo y desdentado, pero que era ya capaz de morderse el labio y desgañitarse el cerebro para intentar dar con la clave de lo que quería expresar. No sé qué tipo de significado tendría para él aquel bisonte, si sería un especie de conjuro y cumpliría una función ritual, pero se sirvió de volúmenes, formas, colores, incluso de las inflexiones de la piedra, para darle la profundidad que buscaba y la sensación de movimiento; todos sus conocimientos puestos al servicio de pigmentos, carboncillos y grasas para dar forma a una perspectiva estética que guardaba en su cabeza. Y lo que en su cabeza se debatiera estaba directamente influenciado por su cultura, su carácter y las circunstancias que le hubieran tocado vivir. Si éste fue nuestro primer artista, pues tiene el mérito de ser el primero que nos dejó la impronta de su estado de ánimo, pues como bien decía Zola, el arte es un rincón de la creación visto desde un temperamento.
Así que el bisonte que pintó era algo más que un bisonte: era un reflejo instantáneo de ver la vida y de observar el mundo. Ya hace unos siglos que Goethe hizo gala de su perspicacia cuando dijo: “Si usted pinta un perro exactamente, no tendrá un cuadro sino dos perros”. En el arte no buscamos al perro, sino al cuadro. Y cuando aquel homínido creó su obra, se dejó parte de él en ella misma, nos mostró un capítulo de su vida. Se expresó rebuscando en sí mismo.
¿Pero qué necesidad tiene una persona de querer atrapar algo dentro de ella para después extraerlo y expresarlo por medio de un formato? Esta necesidad cumpliría al principio sólo una función mágica y ritual, pero con el tiempo el asunto fue adquiriendo otras tintes y nuestra complejidad evolutiva ha hecho que sean miles las razones por las que recurrimos al arte.
Sea cual sea la razón, una cosa está clara: el arte es una buena excusa para expresar nuestro temperamento y nuestros sentimientos. La mayoría de estos estados de humor son tan volubles e inconstantes como el llanto de un niño o la risa de una abuela. Se desvanecen en el aire. Pero los artistas, partiendo de la nada, van creando sus propias formas para transmitir sus emociones. Igual que ese ser primitivo partió de la deslucida roca para ir añadiendo colores, Oteiza, por ejemplo, partió de la oquedad del vacío para ir dándole forma. Para él el arte no era más que una manera inteligente e interesante de organizar el espacio, dándole salida a la magia (temperamento). En la música, en cambio, es en la manera de romper (organizar) el silencio donde encontramos el temperamento de Beethoven, y en la literatura fue un Nóbel, Juan Ramón Jiménez, quien sinceró sus penas a lomos de un burro por medio de la poesía. ¿Y de qué tipo de agujero negro dispuso él para manejar, moldear y pulir? Pues me supongo que del tiempo, porque la literatura atrapa y organiza un trozo de tiempo, te cuenta un qué, aunque quizás lo más importante sea el cómo: el toque de magia personal efectuada mediante el lenguaje.
Los escritores atrapamos en nuestro interior una realidad de personajes, emociones y conflictos que dilatamos en el tiempo. Antes de que se nos funda el núcleo abrimos una válvula para liberar todo ese registro de acontecimientos histriónicos. Y lo que de allí emana huele a nuestro: la narración de una perspectiva personal e intransferible del entorno con una herramienta lingüística fabricada con nuestras propias manos.
Yo siempre había pensado que escribir es descender a lo más profundo de un pozo inmensamente negro e ir palpando en la oscuridad para echar mano de un pensamiento. Cuando lo encuentras agazapado entre los guijarros como una trucha y lo tienes bien agarrado, antes de que se te escape has de ascender el camino de vuelta para sacarlo a flote y así poder transmitírselo a los demás. Buscarlo, atraparlo y contarlo. Buscar qué y contarlo cómo. Tarea nada fácil.
Me alegró saber que Ortega y Gasset también lo había descrito en “La rebelión de las masas” de manera bastante parecida pero mucho más explicita: imaginar es ponerse una escafandra y descender a un abismo.